“Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo ‘hice’, ‘fui’, ‘descubrí’, y debe entenderse ‘hicimos’, ‘fuimos’, ‘descubrimos’(...)”.Prólogo a la tercera edición de “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh.

Si alguien –si un periodista- emprendiera un viaje sin saber nada acerca de su destino salvo la temperatura promedio, la calidad de las playas y la ubicación de las zonas de alojamiento barato; si metiera en su mochila veinte libros, poca ropa y un equipo de snorkell; si eligiera la ignorancia como una performance o como una –mucho menos confesable- forma de la felicidad. Si, en fin, ese periodista se tomara vacaciones, y si esas vacaciones fueran en Filipinas, es probable que sucediera algo de lo que sigue a continuación. 

Mayo de 2012, medianoche, más de cuarenta horas de viaje desde Buenos Aires pasando por Rio de Janeiro y Dubai, y esto no parece un lugar al otro lado del mundo. O mejor: esto no parece un lugar al otro lado del mundo del mismo modo en que Tailandia o Indonesia o Malasya parecen lugares al otro lado del mundo. Aquí las calles son iguales a las de cualquier suburbio de latinoamérica, con edificios hijos de la cópula entre la esquizofrenia arquitectónica y una hemorragia de hormigón, palmeras de plástico revestidas por guirnaldas de luces, iglesias católicas, seven elevens, mc donalds, bares de chicas y un atasco -kilómetros de autos hundiéndose en el corazón de la tiniebla- que es la madre y el padre de todos los atascos. Cada tanto aparece un jeepney -camiones de trompa roma y colores intensos que sirven como transporte público- y esa es la única señal que indica que uno no ha llegado a Brasil ni a México ni a Colombia. Que esto debe ser, en efecto, Manila.

Manila es la capital de Filipinas, un país compuesto por siete mil islas, con 94 millones de habitantes, 11 de los cuales viven en el exterior. Si buena parte de esa gente se llama Pedro o se apellida Ayala y la mayoría reza el padrenuestro y se hace la señal de la cruz es porque en 1521 llegó hasta allí el conquistador Fernando de Magallanes y desde entonces el país fue territorio español. En 1898 España debió cederlo a Estados Unidos y sólo en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Filipinas se declaró independiente. En 1965 asumió el gobierno un hombre llamado Ferdinando Marcos que siguió en el poder hasta 1983 cuando, después de protestas masivas y caos social, fue destituido y reemplazado por Corazón Aquino. Eso, a grandes rasgos, era todo lo que yo sabía al llegar a Filipinas. Eso, y que el turismo sexual era toda una preocupación, y que Imelda Marcos, la mujer de Ferdinando ídem, había dejado tras de sí una colección de mil pares de zapatos –o de mil zapatos- que, después de haber presenciado la fiebre de consumo de pajaronas como Carry Bradshaw, ya no me parecían tantos. Eso era todo. Y, a decir verdad, no me enteré de mucho más. Quiero decir que no quise. 

Ermita debió ser algo, aunque no se sabe qué. Quizás una de esas zonas que funcionan como Kao San Road, en Bangkok, una suerte de babel afiebrada con viajeros que se revuelcan, conversan y beben durante algunos días a precios módicos mientras deciden hacia dónde seguir. Pero ahora es un barrio de Manila muy desconcertante, sumergido alternativamente en un sopor moribundo o en una energía desamparada o en una hostilidad desértica. El lugar más popular de Ermita es un mall descomunal al que se entra previo cacheo de un guardia. Siempre está repleto y parece haberse tragado a toda la gente y los comercios de la zona, excepto los seven eleven que multiplican su disponibilidad de veinticuatro horas a razón de uno por cuadra. En las calles, de noche, los faroles alumbran poco y las únicas vidas que se ven duermen sobre su miseria y sus cartones en medio de un calor benévolo. Cada vez que le digo a alguien que me alojo en Ermita, el resultado es el mismo: “¿Ermita? ¡Ni se le ocurra salir del hotel después de las nueve de la noche!”. O “¿Ermita? 
¿Por qué?”. Quizás porque cuando uno llega a un país quiere desembarcar en una orilla real y no en sus márgenes desinfectadas, o porque uno es persistente y persiste aún en sus equivocaciones, o porque en los viajes prima esa diletancia suave –mañana me mudaré- mezclada con una omnipotencia peligrosa –a mí no va a pasarme nada- que  produce las mejores catástrofes. 


 
Como ya nadie viaja sin un artilugio para conectarse –el Iphone, la tableta- los que elegimos viajar sin nada estamos a merced de la existencia de cabinas públicas que, como ya no son negocio, empiezan a ser inencontrables. Sin embargo, frente al hotel en el que paro –una habitación sin ventanas, la representación de la perfecta claustrofobia- hay algo que se anuncia como cybercafé. El vidrio de la puerta está cubierto por una película polarizada lúgubre. Adentro, la temperatura tiene la contundencia de un piedra. La persona que atiende usa el pelo recogido, un top que no le cubre la barriga en la que se ven rastros de vello mal afeitado, y una falda bajo la que se dibuja la curva brutal de un sexo inconcebible. 

¿El mercado de San Andrés? ¿Para qué quiere ir ahí? ¿Por qué no va al mall?

Siempre es lo mismo, en todas partes. Apenas uno manifiesta su voluntad de ir a un sitio que no se corresponde a las expectativas del turista promedio, el fulano local reacciona con horror ofendido: ¿por qué uno se empeña en mirar debajo de la falda, cuando por fuera de la falda hay tanto para ver? Yo no fui –no quise ir- al Fuerte Santiago, ni a la iglesia de San Agustín, ni a Rizal Park, ni a la National Gallery of Art, porque no me interesan las iglesias, los fuertes, los museos ni los parques, pero me gustan los mercados. Para llegar al de San Andrés hay que recorrer una calle atravesada por callejones que se doblan hacia el centro de la manzana como espinazos enfermos y, desde el fondo de sus fauces, lanzan espumarajos de sogas repletas de ropa. Las casas parecen ruinas ateridas después de un terremoto, y el cielo está atravesado por el triperío sangrante de los cables. El mercado no es bueno – no hay frutas raras, ni especias raras, ni verduras raras- pero el olor es una sorpresa: es un olor fuera de la galaxia, una mezcla impactante de moho y transpiración, una cruza mestiza de todas las axilas del mundo y el sexo mal lavado de los peces. Después descubriré otros mercados y, en todos, el olor será un campeón mundial. 

Una tarde las calles del barrio se llenan de carritos adornados con flores y guirnaldas sobre los que decenas de nenas y nenes de entre 3 y 12 años, vestidas de largo y con escotes, vestidos con frac y trajes blancos, saludan a sus vecinos y parientes con gesto de muñecos de ventrílocuo. El desfile –una elección de princesas y sus príncipes- se hará dentro de una hora pero yo no tengo ganas de esperar y paso la tarde caminando por calles donde no hay un alma, salvo los cuatro perros sarnosos de siempre, pensando que en un país donde el fornicio con la carne tierna atrae a tantos extranjeros es complejo entender el empeño de quienes maquillaron esos labios púberes hasta volverlos pulpa roja, de quienes delinearon esos ojos mansos hasta volverlos flor de la perfidia. 

La parte más vieja de la ciudad se llama Intramuros y es un barrio de casas coloniales tal como los que hay en Bogotá o Ciudad de México, sólo que aquí las calles están desiertas. 
-Hace mucho calor, por eso no hay gente. 
La chica parece un varón, así que creo que es un varón hasta que le veo los pechos bajo la camiseta enorme. Tiene 21 años pero parece de 14 y trabaja ofreciendo paseos de dos horas en su triciclo tracción a sangre: una bicicleta con un carrito adosado para los pasajeros. Le digo que no estoy interesada, pero insiste y negociamos un paseo de media hora. Cuando empieza a arrastrar la bicicleta con esfuerzo, cuesta arriba y por calles empedradas, el trato que acabo de hacer me parece atroz, de modo que le pido que se detenga, que prefiero quedarme allí. La chica dice que la deje llevarme a un sitio interesante. Como parece ofendida subo y, después de varias cuadras, me deja en la puerta de un McDonalds. Le pago, y apenas me siento en el cordón de la vereda unos chicos se acercan a pedir dinero. Entonces el guardia del McDonalds corre hacia ellos con algo en la mano y los chicos huyen, aterrados. Cuando le pregunto al tipo qué clase de cosa tan eficaz es esa sonríe y aprieta un botón y hay un destello y una descarga eléctrica. 

Makati es la parte más turística de Manila, donde yo no quería ir y a la que terminé yendo, sólo por ver. En Makati hay dos zonas: una, donde queda el mall Ayala Center, kilómetros de tiendas que van desde Jimmy Choo hasta el más obvio Louis Vuitton, todo rodeado por un parque frente al que están los hoteles más caros de la ciudad: el Shangri La, el Peninsula, el Mandarin Oriental. La otra zona es la de la calle Padre Burgos. Allí, sobre un bar ruidoso, consigo habitación en un hotel que las ofrece a mitad de precio porque se ha roto el ascensor y hay que subir por la escalera. Cargo mis doce kilos hasta el piso diez, y el premio al esfuerzo existe, porque mi cuarto tiene una ventana. 
En Padre Burgos las calles están atragantadas de ruido, música, autos, salas de masajes, prostitutas y hombres que ofrecen viagra, cialis y anabólicos a cualquier alma que se cruce. A las once de la noche, en el bar que está junto al hotel, hay unas ocho chicas con minifalda y sin soutien balanceándose con desgano en una pista. Varios hombres miran y a veces levantan una mano. A veinte centímetros de mi cerveza hay una chica sentada sobre la falda de un japonés. Le da la espalda y el japonés, muy joven, la merodea con lujuria lenta, bien sedoso. La chica tiene pechos pequeños y erguidos y el pelo lacio le cae por la espalda como un curso de agua limpia.  

El avión es pequeño y un mal augurio: está repleto de familias que van a pasar un fin de semana a Boracay, el destino de playa más conocido de Filipinas. Las familias chillan cuando el avión despega, chillan cuando hay turbulencia, chillan cuando el avión aterriza, chillan cuando aparecen sus maletas por la banda transportadora del aeropuerto. Después de tomar un triciclo –esta vez una moto con un carro adosado para los pasajeros-, un bote y otro triciclo, llego a un hotel que tiene cama, agua caliente, un televisor, un armario de madera. De la canilla del lavatorio y de la ducha el agua sale con olor a cloaca. 
El sol ya está bajo cuando llego a la playa y, apenas pongo un pie, me quiero ir. Se llama White Beach y consiste en dos o tres kilómetros de arena blanca pero el problema es todo lo demás: la calle que la recorre, repleta de hoteles, restaurantes, bares, casas de buceo, tiendas, carpas, poltronas, personas que gritan, beben, se amontonan, compran, comen y se hacen masajes entre música a niveles que no dejan respirar y malabaristas transexuales que arrojan kerosene y fuego por la boca. Me voy a dormir pensando que mañana estaré en otra parte. Pero me quedo quince días. 

Los amaneceres en Boracay deben ser espectaculares, pero yo nunca veo uno. Me despierto, contra todas mis convicciones, a las siete de la mañana, cuando el ruido de la poda de los árboles del jardín (que parecen tener un follaje infinito) empieza a ser insoportable y el sol ya está alto. Desayuno mirando la piscina y luego voy a la playa, a una zona que llaman estación tres. La estación tres es parte de White Beach pero no hay nadie y las razones son un misterio. La arena es estupenda, el agua es calma y para llegar sólo hay que recorrer docientos metros en dirección contraria a la multitud. Yo paro cerca de la Carinderia Michaella, un comedero en el que Rodney, el hijo de la dueña, cocina lo que los comensales eligen -de bandejas en las que se exhiben pescados y pollo- en una parrilla que llena todo de humo. Pero en la Carinderia Michaella las cosas cuestan la mitad que en otras partes y por eso la gente soporta el humo, el malhumor de la madre de Rodney y los embates de Michaella, una niña ínfima con alma de diablo a quien su madre se empeña en vestir bien aunque ella se empeñe en jugar como una cabra loca y desgarrar las puntillas y ensuciarse las crenchas con arena. Yo voy allí porque me gusta cenar con los pies hundidos en la arena, y porque Rodney se ha ofrecido a cocinar los pescados que le lleve. Sobre la calle principal, a unos trecientos metros de la playa, hay un mercado -Di Talipapa- donde todos los días compro mangos, paltas, piñas, papaya y pescado. A la noche llevo el pescado a la Carinderia Michaella para que Rodney lo cocine. Una noche se acerca diciendo que el atún rojo que le llevé está en mal estado y que, si lo como, podría enfermarme. Desde ese día empiezo a comprar pollos al spiedo en un puesto de la calle. Tienen el tamaño de una paloma y los como en el hotel a los pies de la cama, mirando viejas películas de James Bond en las que actúa Roger Moore. La vida es un plan simple. O puede serlo, de a ratos. 
El barco es chico, y lo conducen un padre y su hijo. En quince minutos está al otro lado de Boracay, en un sitio que llaman Crocodile Island y que promete buenos arrecifes. Apenas llegar recuerdo por qué no hago estas cosas: cosas de turista. En Crocodile Island hay docenas de barcos y de cada uno han bajado quince  personas y el mar hierve. Pero ya estoy allí, y me sumerjo. Lo que hay bajo el agua no es asombroso pero hace rato –cuatro, cinco años- que no me asomo a un arrecife de esta parte del mundo, y resulta una experiencia tan intensa como cuando uno pasa mucho tiempo sin ir al cine y, un día, va. Después de un rato quiero regresar al bote y me doy cuenta de que no sé cuál es. Estoy perdida, enterrada en el agua hasta el cuello, en medio de lo que parece una terminal de buses el día previo a la Navidad. Doy vueltas hasta que veo a un muchacho de gafas negras que agita la mano gritando “Mister, mister, here”, y reconozco la quilla violeta del barco que me trajo hasta aquí.  
La costa de la isla está repleta de cavernas donde el agua se refleja como una pupila de color lavanda. Cuando pasamos por una playa amplísima, blanca, vacía, pregunto qué es eso y me dicen que eso es Puka Beach. 

Puka es el nombre de un caracol típico de la zona y es, también, el nombre de una de las playas más hermosas del mundo. Queda a veinte minutos en triciclo desde White Beach, pero nadie va. La arena es blanca, el mar extático y la selva una fiebre verde cayendo desde los riscos. A veces llegan barcos repletos de turistas que bajan entusiasmados (la visión del paraíso siempre embriaga) pero muy rápidamente los cansa la desolación, la ausencia de música y de bares, y entonces se van. Yo no. Yo permanezco.

Boracay, como casi cualquier rincón de Filipinas, está repleta de occidentales y cada occidental –en diversos estadíos de edad y de guapeza- lleva a su filipina de la mano. Si yo hubiera venido aquí como periodista sería capaz de contar, ahora, cómo funcionan esas relaciones, por cuánto tiempo se establecen, de dónde vienen esas chicas, hacia dónde van esos señores, cómo se paga y qué. Pero no tengo ganas de averiguar nada y me limito a contar lo que veo, que es la peor forma de contar: sin entender. En el hotel hay un hombre de unos 55 años, canadiense, que está con una muchacha a la que presenta como “la dulce Gina”. El y la dulce Gina han estado en la isla de Cebu, comiendo con el padre y la madre de la dulce Gina, y dice que gracias a la dulce Gina este ha sido un viaje maravilloso que no olvidará cuando regrese a su casa, de donde espera partir el año próximo para conocer la India. La dulce Gina asiente y dice que él es un caballero y que a sus padres les ha caído muy bien. Yo no entiendo nada pero me limito a sonreír y me quedo admirando la piel de los labios de la dulce Gina, que es realmente una muy linda piel. 

Corro descalza por la playa. Cuando regreso al hotel veo que tengo las plantas de los pies cubiertas de petróleo. Me pregunto en qué clase de persona me estoy convirtiendo si no he sido capaz de darme cuenta de que he estado caminando sobre medio centímetro de petróleo durante las últimas dos horas. Recojo un trozo de jibia y me raspo las plantas, pero quedan restos que terminaré de remover con el paso de los días y con la ayuda de un jabón para lavar la ropa que parece un jabón para destruir la ropa hecho para sacar petróleo de los pies. 
Me digo que tengo que irme porque, si no, no me iré nunca. No hay nada más peligroso que la comodidad. Entonces me voy a Cebu.  

El avión llega a Cebu temprano en la mañana. Tomo un bus de cuatro horas hasta un puerto llamado Maya y, de allí, un bote de una hora hasta la isla de Malapascua, que se recorre en dos horas a pie. Yo quería venir aquí, entre otras cosas, por eso. Me gustan las islas donde hay nada para hacer excepto leer, caminar y mirar las cosas que hay debajo del agua. Malapascua es uno de los mejores destinos de buceo del mundo, un lugar salvaje donde hasta hace poco no había luz eléctrica. El agua de las cañerías sale apenas desalinizada y no hay hoteles de cadena ni restaurantes de lujo. Las casas son una cruza ornitorrinca de vivienda con basural: un par de habitaciones junto a una montaña de pañales descartables, cáscaras de cocos, pescado. Los gallos de riña están por todas partes, la cola en pompa, la rabia en el pico. En las mañanas cantan al unísono y eso puede ser –y a veces es- desesperante. 

Una tarde llego a una casa que se anuncia como cybercafé y tiene tres computadoras. Para que funcionen hay que ponerles monedas. Cada vez que meto una moneda recibo una descarga de electricidad. Por las noches, en los restaurantes que balconean sobre la playa, los europeos y los gringos se sientan munidos de tablets y blackberrys y pasan ratos inmensos sin levantar la vista y sin hablar entre sí. Un día alquilo el barco de un padre y dos hijos –el más pequeño ha fabricado un harpón con el que caza peces que en cualquier acuario costarían docientos dólares- y voy a ver el arrecife, y en todas partes –en torno a una roca, en torno a un barco hundido, en torno a una plataforma para reabastecer equipos de buceo- el mar se prodiga en medusas de color violeta, morenas, peces payaso, corales laberínticos. A eso sigue la cola de un tifón que descarga viento y agua y se suceden días grises en los que camino por la playa mirando los restos destrozados de caracoles espléndidos que deja la marea. 

Tomo un barco de regreso hacia la isla de Cebu a las nueve de la mañana. A las nueve de la noche, después de viajar en el auto de un japonés amable, un taxi, dos buses y un triciclo, llego a un hotel en la playa de Panangsama, cerca de Moalboal, en el otro extremo de la isla. Hay viento y empieza a llover pero al día siguiente, cuando despierto, sobre la corteza de un árbol que se ve desde la ventana caen rayos del sol. 
Alquilo una moto a cinco dólares y cada tarde salgo a mirar. Paso por arrozales, paso por un estadio para riñas al que parecen haberle arrancado un pedazo a mordiscones. Me meto en caminos que trepan a los cerros desde los que se ve el mar como una plancha de acero. Voy a una playa llamada White Beach -los filipinos no tienen imaginación para el bautismo- y camino mirando las escolopendras monstruosas que quedan atrapadas entre las piedras con la marea baja. 

Y todas las mañanas bajo al mar. 
Y todas las mañanas bajo al mar. 

A cien metros del sitio donde duermo y desayuno, en un mar sin playa y sin orilla, hay lo que no tiene olvido. Tortugas gigantes, coral flamígero, peces como flores incendiadas. Aunque el agua está repleta de medusas que me hacen arder la piel, aunque tengo frío, aunque tengo fiebre, día tras día me sumerjo en ese mundo de sexos helados, de venenos. Persisto en ese empeño porque no he venido aquí a buscar nada y, sin embargo, sé que aquí he encontrado alguna cosa. Que me guardo. 

Ceno todas las noches en un restaurante vacío. El parrillero, que viste shorcitos de jeans y se peina con trenzas, se llama Reynaldo. Cuando me ve, grita mi nombre en un chillido agudo. Siempre pido lo mismo: pollo con sal y limón, ensalada de pepinos. Después voy a tomar cerveza al bar donde atiende Evelyn. El bar queda en una esquina, las banquetas de la barra están sobre la calle y hay algo en eso, en esa ausencia de fronteras, que me resulta irresistible. Evelyn es hermosa y altiva y dice que se marchará a estudiar hotelería a Cebu. Cuando paso y la veo conversando con clientes, sigo de largo. No tengo idea de cuales sean los negocios de Evelyn, pero prefiero dejarla en paz. 

Un día entro al mar y sé que va a ser la última vez. El agua se abre como una tela fuerte y precisa. Nado sobre el arrecife, lo cruzo y, cuando llego al filo, me calzo la máscara y miro la ladera del abismo, la profundidad azul y tenebrosa. Y empiezo a decir adiós a todas esas cosas. A cada una. 

La mañana de un celeste puro en la que me voy subo a una van para seis donde embuten a doce. Llego a la ciudad de Cebu mucho antes de la partida de mi vuelo hacia Manila y le pregunto a un taxista cuánto me cobra por dar unas vueltas sin rumbo. Me dice que diez dólares. Me lleva a mercados. Me lleva a una plaza. Me lleva a una iglesia. Me lleva a un templo chino. Cuando le digo que necesito comer, me lleva a un Mc Donalds. Del espejito retrovisor del auto cuelga su licencia y allí se lee su nombre: Antecristo, Bienvenido E. 

Dos días más tarde, en la fila de migraciones del aeropuerto de Manila, hay cuatro o cinco ventanillas con muy poca gente, y una frente a la que se agolpa una multitud. Sobre esa ventanilla un cartel dice “Sólo para Filipinos viviendo en el extranjero”. Así es como me voy de ese país sin entender nada. Sin querer buscar explicaciones. 

Acerca de la autora
 

Leila Guerriero (1967, Junín, Argentina) es periodista. Publica en medios como La Nación y Rolling Stone, de Argentina; Gatopardo, de México; El Mercurio, de Chile, y L’Internazionale, de Italia. Comenzó a escribir en EL PAÍS en 2006. Desde enero de 2014 es columnista de la última página del periódico. Ha publicado libros de no ficción como Los suicidas del fin del mundo (2005) y Una historia sencilla (2011). Su obra ha sido traducida al inglés, el italiano, el portugués, el alemán, el francés y el polaco. En 2010 recibió el premio CEMEX-FNPI. En 2013 ganó el premio de periodismo González Ruano (Fundación Mapfre). Es editora de Gatopardo para América Latina; directora de la colección Mirada crónica, de Tusquets Argentina; realiza trabajos de edición para Ediciones Universidad Diego Portales, de Chile, y desde 2016 dirige la Especialización en periodismo de la Fundación Tomás Eloy Martínez (Buenos Aires).

 

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