"Impresiones y paisajes"” (1918), el primer libro impreso de Federico García Lorca describe sus viajes por algunas de las regiones de España por las que pasó mientras iniciaba sus estudios superiores en Filosofía y Letras en la Universidad de Granada.

 

Baeza
A la señorita María del Reposo Urquía

Todas las cosas están dormidas en un tenue sopor..., se diría que por las calles tristes y silenciosas pasan sombras antiguas que lloraran cuando la noche media... Por todas partes ruinas color sangre, arcos convertidos en brazos que quisieran besarse, columnas truncadas cubiertas de amarillo y yedra, cabezas esfumadas entre la tierra húmeda, escudos que se borran entre verdinegruras, cruces mohosas que hablan de muerte... Luego un meloso sonido de campanas que zumba en los oídos sin cesar..., algunas voces de niños que siempre suenan muy lejos y un continuo ladrido que lo llena todo... La luz muy clara.

El cielo muy azul en el que se recortan fuertemente los palacios y las casucas con oriflamas de jaramagos. Nadie cruza las calles, y si las atraviesa, camina muy despacio como si temiera despertar a alguien que durmiera delicadamente... Las yerbas son dueñas de los caminos y se esparcen por toda la ciudad tapando calles, orlando a las casas y borrando la huella de los que pasan. Los cipreses ponen su melancolía en el ambiente y son incensarios gigantes que perfuman el aire de la ciudad que constantemente se disuelve en polvo rojo...
Hay fachadas desquiciadas con mascarones miedosos llenos de herrumbre, hay tímpanos rotos que son fuentes de humedad..., hay columnas empotradas en los muros que parece se retuercen para desprenderse de su prisión... Todo callado. Todo silencioso.

De noche los pasos se oyen palpitar perdiéndose en la oscuridad..., y uno y otro y otro..., y el aire que habla en los esquinazos..., y la luna dejando caer su luz que es plata fundida... Los patios de las casas están llenos de tulipanes, de bojes, de espuelas de caballero, de lirios de agua, de ortigas y de musgo... Huele a manzanilla, a mastranzo, a heno, a rosas, a piedra machacada, a agua, a cielo... Aun en las cosas más cuidadas está clavado el sello trágico del abandono.

En los tejados y en los balcones y dinteles hay aderezos de topacios, granates y esmeraldas de musgo. Rompiendo la gris monotonía chopos y palomas torcaces...
En las calles oscuras hay pasadizos románticos en que la luz es azul, con Cristos negruzcos y Vírgenes angustiadas, con faroles cubiertos de telarañas, que no se encienden ya.

Dominándolo todo el negro y solemne acorde de la catedral.

En algunos pardos torreones hay escaleras ahumadas que no se sabe dónde van, almenas arruinadas que son nidos de insectos y sombras que se ocultan cuando alguien llega.
 
De cuando en cuando palacios y casonas de un Renacimiento admirable, ornamentadas con figuras y rosetones primorosos...

Después de andar entre soportales y callejas de una gran fortaleza y carácter se da vista a una cuesta triste con moreras y acacias, que sirve de antesala al corazón cansado y melancólico de la ciudad. Siempre está solitaria y tristísima, únicamente la cruzan los canónigos que van pausados a rezar, y los pájaros que vuelan locamente de un lado para otro sin saber dónde posarse.

En un lado de esta plaza hay una casa triangular que casi se la traga la hierba y otras destartaladas cuyas puertas se caen aburridas. El suelo es de terciopelo verde. En su centro una fuente de severidad pagana, parece el cuerpo final de un arco de triunfo al que la tierra se hubiera tragado.

La catedral tapa a la plaza con su sombra, y la perfuma con su olor de incienso y de cera que se filtra por sus muros como recuerdo de santidad.

A lo lejos casas de piedra dorada, con los añejos vítores esfumados por tantos soles, y las ventanas marchitas con hierros mohosos y destartalados.
Hay un silencio íntimo y doloroso en esta plaza...
El palacio del antiguo cabildo que está en una esquina es una masa negra y amarilla y verde y sin ningún color.
Sus ventanas vacías miran extrañamente y sus escudos medio borrados parecen sombras.
Toda la fachada está bordada de cruces, de jaramagos que penden como lámparas votivas y de flores rojas apretadas entre las grietas.
Las campanas de la catedral llenan sus ámbitos de acero y dulzura diciendo la señorial melodía que las demás campanas de la ciudad acompañan con su suave plañir.

Esta plaza, formidable expresión romántica donde la antigüedad nos enseña su abolengo de melancolías, lugar de retiro, de paz, de tristeza varonil, se proyectaba profanarla cuando visité Baeza. El Alcalde había propuesto al consejo urbanizarla (tremenda palabrota), arrancando el divino yerbazal, cercando la fuente de jardinillos ingleses..., y quién sabe si pensando levantar en ella un monumento a don Julio Burell, o a don Procopio Pérez y Pérez, y en esa plaza soñadora y suavemente funeral, quizá algún día veremos un kiosco espantoso donde tocara la música pasodobles, cuplés de Martínez Abades, y habaneras del maestro Nieto. Derribarán el encanto viejo, y pondrán en su lugar edificios con cemento catalán. Es verdaderamente angustioso lo que pasa en España con estas reliquias arquitectónicas... Todo trastornado... pero con qué visión artística tan deplorable.

Recordemos la gran plaza de Santiago de Compostela con el monumento al señor Montero. ¡Qué salivazo tan odioso a la maravilla churrigueresca de la portada del Obradoiro y al hospital grandioso! Recordemos la Salamanca ultrajada, con el palacio de Monterrey lleno de postes eléctricos, la casa de las Muertes con los balcones rotos, la casa de la Salina convertida en Diputación, y lo mismo en Zamora y en Granada y en León...

¡Esta monomanía caciquil de derribar las cosas viejas para levantar en su lugar monumentos dirigidos por Benlliure o Lampérez!... ¡Desgracia grande la de los españoles que caminamos sin corazón y sin conciencia!... Nuestra aurora de paz y amor no llegará mientras no respetemos la belleza y nos riamos de los que suspiran apasionadamente ante ella. ¡Desdichado y analfabeto país en que ser poeta es una irrisión!...

Si se anda un poco se cae en un pozo de oscuridades blandas y sobre una puerta achatada, plenamente mudéjar y sobre un ojo de la catedral, un santo muy antiguo que se murió viniendo de Granada en una tranquila mula, yace empotrado en la pared...
En las piedras se dibuja una figura lánguida y exhausta de ritmo bizantino que en la noche la luna da relieve, y los jaramagos juegos de sombra.
Esta puerta se llama de la luna porque únicamente la luna la baña con su mística luz...

Si se anda más, los yerbazales son tan fuertes que se tragan a las piedras del suelo lamiendo ansiosamente los muros..., y si cruzamos unas callejas más, se contempla la majestuosa sinfonía de un espléndido paisaje. Una hoya inmensa cercada de montañas azules, en las cuales los pueblos lucen su blancura diamantina de luz esfumada. Sombríos y bravos acordes de olivares contrastan con las sierras, que son violeta profundo por su falda. El Guadalquivir traza su enorme garabato sobre la tierra llana. Hay ondulaciones fuertes y suaves en la tierra... Los trigales se estremecen al sentir la mano de los vientos. La ciudad se esconde en el declive huyendo de la bravura solemnísima del paisaje.
Pero por encima de todo hay no sé qué de tristezas y añoranzas...

El aire es tan fresco y tan intensamente perfumado... Unos carros pasan a lo lejos con traqueteos quejumbrosos levantando nubarrones de polvo...
En algunas casas hay de vez en cuando llamaradas de flores rojas en los aleros del tejado.
Las calles empinadas sobre un cielo añil con plata de nubes, únicamente las pasea el sol.
Tiene esta callada ciudad rincones de cementerio con cruces tuertas, desgarbadas, y con portadas mudas de tanto hablar cosas muertas... Las canales derraman yerbas que tiemblan con la brisa.
Hay algunas calles que son verdaderamente andaluzas con las casas blancas, con ventanas salientes junto al alero... perdiéndose en un fondo de campo demasiado pleno de luz...
En estas calles de los arrabales el silencio y la quietud son más inquietantes... Solamente se oye llorar a algún nene, chirriar de puertas o los acordes suaves del aire y del sol.

En una plaza serena, que tiene un palacito elegante pero mutilado y deshecho, un altar gracioso con flores de trapo junto a la seriedad aristocrática de un arco triunfal con aire guerrero, y una fuente con leones desdibujados en la piedra, un coro de niñas harapientas dicen muy mal la tierna canzoneta fundida en el crisol de Schubert melancólico:
Estrella del prado
Al campo salir
A coger las flores
De Mayo y Abril…

Canción infantil de resoluciones agradables y conmovedoras... canción de intensa poesía, sobre todo cuando suena en las noches de luna de un verano pueblerino.

Siempre al recorrer estas calles se descubre algo interesante..., un capitel de dibujo caprichoso empotrado en la pared, una reja hecha como para una serenata enamorada, algún palacio destrozado y cubierto de cal..., pero todo está abandonado, despreciado..., y lo que han cuidado, tiene el gesto de la profanación artística.
Tiene una tranquilidad musical el crepúsculo visto desde estas alturas... En el regio horizonte hay nubes de ámbar azul... que ocultan la luz del sol, que es fresa cristal.
Después, un trémolo de luna y estrellas, como prólogo de la noche.

Granada
I. Amanecer de verano

Los montes lejanos surgen con ondulaciones suaves de reptil. Las transparencias infinitamente cristalinas lo muestran todo en su mate esplendor. Las umbrías tienen noche en sus marañas y la ciudad va despojándose de sus velos perezosamente, dejando ver sus cúpulas y sus torres antiguas iluminadas por una luz suavemente dorada.
Las casas asoman sus caras de ojos vacíos entre el verdor, y las hierbas, y las amapolas y los pámpanos, danzan graciosos al son de la brisa solar. Las sombras se van levantando y esfumando lánguidas, mientras en los aires hay un chirriar de ocarinas y flautas de caña por los pájaros.

En las distancias hay indecisiones de bruma y heliotropos de alamedas, y a veces entre la frescura matinal se oye un balar lejano en clave de fa.

Por el valle del Dauro, ungido de azul y de verde oscuro vuelan palomas campesinas, muy blancas y negras, para pararse sobre los álamos, o sobre macizos de flores amarillas.

Aún están dormidas las campanas graves, sólo algún esquilín albayzinero revolotea ingenuo junto a un ciprés. Los juncos, las cañas, y las yedras olorosas, están inclinadas hacia el agua para besar al sol cuando se mire en ella...
El sol aparece casi sin brillo..., y en ese momento las sombras se levantan y se van..., la ciudad se tiñe de púrpura pálida, los montes se convierten en oro macizo, y los árboles adquieren brillos de apoteosis italiana.

Y todas las suavidades y palideces de azules indecisos se cambian en luminosidades espléndidas, y las torres antiguas de la Alhambra son luceros de luz roja..., las casas hieren con su blancura y las umbrías tornáronse verdes brillantísimos.

El sol de Andalucía comienza a cantar su canción de fuego que todas las cosas oyen con temor.

La luz es tan maravillosa y única que los pájaros al cruzar el aire son de metales raros, iris macizos, y ópalos rosa...

Los humos de la ciudad empiezan a salir cubriéndola de un incendio pesado..., el sol brilla y el cielo, antes puro y fresco, se vuelve blanco sucio. Un molino empieza su durmiente serenata... Algún gallo canta recordando al amanecer arrebolado, y las chicharras locas de la vega templan sus violines para emborracharse al mediodía.

II. Invierno

Está la vega aplanada. Estos días tristes de invierno la convierten en campo de ensueño.
Las lejanías veladas por la niebla son plomo y violeta, y las alamedas marchitas son grandes rayas negras. El cielo es blanco y suave con ligeros toques negros, la luz azulada, vaga, delicadísima. Los caseríos brillan y se esfuman en la vaguedad del humo. El sonido es apagado y de nieve.

Los primeros términos del paisaje se acusan con fuerza. Muchos olivos plata y verde, grandes álamos llorosos y lánguidos, y cipreses negros que se agitan dulcemente. Saliendo de la ciudad hay unos pinos con las cabezas inclinadas.

Todos los colores son pálidos y graves. El verde oscuro y el rojizo son los que dominan de cerca..., pero a medida que se van extendiendo por la llanura, la niebla los apaga y los borra..., hasta que en los fondos son indefinidos y somnolientos. Los ríos parecen cortes inmensos hechos en la tierra para que se viera el cielo que hay debajo.

El sol al ocultarse se asomó entre las nubes..., y la vega fue como una inmensa flor que abriera de pronto su gran corola mostrándonos toda la maravilla de sus colores. Hubo una conmoción enorme en el paisaje. La vega palpitó espléndida. Todas las cosas se movieron. Algunos colores se extendieron fuertes y briosos.

En un monte cercano hay rasgaduras de azulín intenso... La nieve de la sierra se adivina entre las gasas de la niebla...

Las nubes se montan unas encima de otras, se muerden furiosas tornándose negras..., y la lluvia empieza a caer fuerte y sonora. En la ciudad hay un sonido metálico con ondulaciones secas, lo produce el agua al chocar con los tubos y canales de latón... En la vega es un ruido blando y muelle de agua que cae sobre agua y hierbas... La lluvia tiene al caer en los charcos acordes suavísimos y fuertes, al caer sobre las hierbas, desfallecimientos de sonidos.
A lo lejos algún trueno apagado suena como un monstruoso timbal...

Los pueblos están encogidos y helados de frío..., los caminos están tapizados por grandes manchas de plata... Arrecia la lluvia amenazadora... La luz se hace oscura y la vaguedad se acentúa...
Una oscuridad y sopor llenan la vega...

Una línea fascinadora de luz blanca triunfa en el horizonte... Después, un manto de terciopelo negro bordado de granates cubre la llanura…

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