La periodista y escritora, quien es considerada una referente de la crónica periodística en la Argentina, nos introduce en la provincia de Corrientes, en los Esteros del Iberá, en este lugar con tiempos de pueblo, en este entramado de islas e islotes. Pasen, lean y viajen.

Marisi López conduce su camioneta. Tiene los brazos tensos, el torso erguido, la ruta gris –vacía- metida en los ojos. 

—Deberías conocer a mi jefe –dice.

    Marisi tiene también huesos finos, piel bronceada. 
Gira la cabeza y sonríe.

—Doug es muy especial. Doug es yanqui.

    A los costados, el paisaje es una sucesión de aguas y plantas muy verdes. 

    Y a los de acá, que venga un tipo con plata, para colmo yanqui, y les diga cómo hacer las cosas no les gusta nada.

    “Acá” es Corrientes: una provincia del noreste argentino, ubicada a casi 800 kilómetros de Buenos Aires y conocida en términos turísticos y ambientales porque en ella están los Esteros del Iberá: una superficie de 1.450.000 hectáreas que conforma una de las mayores reservas acuíferas del mundo, y el lugar donde montó parte de su imperio ecológico Douglas Tompkins*: un magnate americano –el jefe de Marisi- que en los últimos años se ha transformado en el mayor benefactor y el mayor interrogante en la provincia. 

    Desde el año 1998, a través de la Land Conservation Trust –una ONG creada en Estados Unidos y presidida por Tompkins-, lleva compradas 150 mil hectáreas en los Esteros. Y lo cierto es que, si bien el objetivo –avalado por las Naciones Unidas- consiste adquirir tierras privadas, someterlas a un manejo de “conservación” y luego devolverlas saneadas al Estado, el recelo –cuando se trata de Tompkins- es, en Corrientes, una condición del aire.

    “Corrientes tiene tiempos de pueblo. Y mi jefe tiene los tiempos de, bueno, de mi jefe. No importa que tenga razón. Si viene un extranjero con dinero y paga para que tu provincia esté mejor y quiere que todo se haga pronto, vos dudás” –dice Marisi mientras sale de la ruta, entra a un camino de tierra y mete el morro de la camioneta en la Gran Reserva Nacional del Iberá. Ahora, debe detener el coche frente a un grupo de carpinchos. Son animales morrudos, pesados: ratones gigantes y de ojos moluscos que miran hacia algún punto indefinido del camino. Los carpinchos se retiran lentamente. Han aprendido a vivir con aplomo. Al no tener aquí predadores naturales –y al estar prohibida la caza furtiva- estas criaturas reinan en la zona. Estas, y tantas otras. En los últimos años, la intervención de Tompkins permitió recuperar animales en peligro de extinción –como el ciervo de las pampas y el oso hormiguero-, y transformar al Iberá en un vergel que hoy se explota turísticamente.

    En Colonia Carlos Pellegrini, un pueblo mínimo que opera como el principal acceso a los Esteros, hay un camping para pasar la noche en carpa y hay 350 camas (de las cuales diez corresponden a Rincón del Socorro: una de las dos haciendas ubicadas en terrenos de la CLT). Y por afuera de la Colonia, hay –desde el pasado septiembre- un segundo ingreso público creado por la CLT y transformado, dada su inauguración reciente, en un secreto dentro de la provincia. San Nicolás –así se llama el acceso- tiene también un camping y es el punto de conexión acuática –ya que el otro es aéreo- con el grial de los Esteros: la isla de San Alonso, también –sí- de Tompkins. 

    Allí, en un terreno de 56 mil hectáreas donde no hay energía eléctrica ni señal de teléfono, una familia de ermitaños recibe y atiende –en un caserón rústico y perfecto- un turismo exclusivo y en mínima escala. En San Alonso hay sólo cinco habitaciones y tres baños. El resto es agua, aves, venados, carpinchos, caballos y un cielo cóncavo y espeso que lo encierra todo. 

Ése es mi destino.

Los Esteros del Iberá son un entramado de islas, islotes, bañados y lagunas (“Iberá” significa “agua que brilla” en dialecto guaraní) que en 1989 fueron convertidos en Gran Reserva Nacional y que se distribuyen sobre una superficie que toma el 15 por ciento de la provincia de Corrientes. Allí, el 60 por ciento del terreno es privado y, dentro de los privados, la CLT de Tomkins es –por lejos- la que tiene la mayor parte. Lo que genera temores. Para algunos, Tompkins está llevando a cabo una maniobra monopolizadora de los Esteros y está a la altura de cualquier magnate con prontuario como Joe Lewis o Luciano Benetton. 

    Sin embargo, en la práctica Tompkins –catalogado de “ecologista radical”- no parece haberse dedicado a la compra especulativa de tierras, sino más bien lo contrario: a lo largo de dos décadas, la CLT se agenció superficies otrora destinadas a la actividad productiva industrial –ganadera, agrícola o forestal- y les fue restituyendo lentamente parte de su flora y fauna perdidas. Las consecuencias son políticas (Tompkins quiere donar todas sus tierras a Parques Nacionales, siempre y cuando el gobierno correntino haga lo mismo con sus terrenos fiscales: un pedido que hoy es centro de disputa entre Tompkins y el gobierno provincial) y también estéticas.

    De camino al Arroyo Carambola, a siete kilómetros del camping de San Nicolás y desde donde parte la lancha a San Alonso- el paisaje es un inmenso territorio signado por la humedad, los pastos altos, los venados y las cigüeñas que baten sus alas con una elegancia que recuerda a la melancolía. También hay carpinchos.

    “Cuando ven el primero, todos los turistas se bajan del coche para hacer una foto” –dice Marisi, quien trabaja como coordinadora del Proyecto Ruta Escénica del IBerá por la CLT-. “No saben que después ven los carpinchos hasta en sueños. Son una plaga”.

    Afuera de la reserva, los carpinchos tienen un destino bastante menos romántico. Uno de estos bichos equivale a 30 kilos de carne y Corrientes es –sigue siendo- una provincia pobre, por lo que hay familias que los cazan de modo furtivo y se comen hasta la cabeza. Pero eso no sucede en el imperio Tompkins. Aquí hay carpinchos como en las ciudades hay palomas. Entre los pastos, bajo el agua, sobre los caminos: los carpinchos –sin predadores naturales ni humanos- viven en estado de silenciosa revancha.

    Así, pues, escoltada desde lejos por esa colonia de criaturas, meto el pie en la lancha que me lleva a San Alonso. Lo que sigue es un viaje de una hora que puede resumirse así: hay un viento fresco en la cara, un motor de rugido cansino y un curso de agua lleno de camalotes, flores de tono escandaloso –amarillas, fucsias, violetas-, aves inclasificables, yacarés, carpinchos –siempre carpinchos- y unos pastos blandos, esponjosos, que se van desgranando sobre las aguas claras.
    Antes, cuando no estaban las lanchas a motor, todo este trayecto se hacía a caballo. Eran catorce horas.

—¿Y si el caballo no hacía pie?

—Nadabas con el caballo.

    Eso dice Omar Rojas, el varón que conduce la lancha y que me albergará, junto a su familia, en la hostería de San Alonso. Omar y su clan son las únicas personas que viven en la isla. Una hora después, todos me darán la bienvenida y me servirán té con chipás –unos exquisitos bollos con sabor a queso, característicos del noreste argentino- y me conducirán hasta mi habitación. 

    San Alonso tiene cinco cuartos dobles, tres baños –dos de ellos, compartidos- y algunas luces que sólo funcionan de ocho a diez de la noche. Pero ahora –pasado el viaje en lancha- son las cinco de la tarde y el cuarto está en penumbras. La falta de corriente eléctrica me da –noto- una especie de shock nervioso. Aquí no hay señal de teléfono móvil (hay sólo un aparato de línea en la casa de los Rojas), no hay televisor, no hay radio, no hay películas, no hay Internet, y no hay –lo dicho- luz artificial que ilumine cosa alguna. Miro mi ventana. Unas gotas suaves –una lluvia breve- caen sobre las hortensias. El repiqueteo del agua es un mantra.

Me duermo.

Un rato después, salgo a la galería de la estancia y me siento a leer. Estoy sola. No hay más turistas –el lugar funciona dentro de un circuito exclusivo y poco difundido- y tampoco está Tompkins. Aunque podría estar. El hombre tiene su domicilio fijo en su otra estancia –Rincón del Socorro, que queda en Colonia Carlos Pellegrini- pero viene en avioneta cada vez que quiere. Si bien afuera del Estero se traslada con una sencillez insólita (de Buenos Aires a Corrientes viaja en ómnibus semicama, y de Corrientes a Chile va en auto), aquí adentro es conocido por el runrún de sus alas: cuando está, Tompkins sobrevuela los esteros, toma fotos –por caso, de un tejado roto o de una huella de auto que no debería existir- y luego las manda por mail para pedir explicaciones. 

    “A él le gusta que todo esté perfecto, incluso desde arriba” –dijo Marisi horas atrás, antes de despedirnos-. “Tampoco le gusta que haya huellas de autos fuera de los caminos trazados. `La estética informa las cosas` dice mi jefe. Deberías conocer a mi jefe”.

Pero el jefe no está. El 12 de diciembre Tompkins se fue en auto hasta su casa en el parque Pumalín -donde tiene buena parte de sus tierras- y su idea es quedarse allí hasta que pasen los aires sofocantes del verano. En San Alonso, pues, sólo quedan los que quedan siempre: los Rojas. Seis personas que se mueven por la estancia con la suavidad de un arrullo, y que hicieron del silencio su mayor acervo cultural. Los Rojas han vivido aislados desde que tienen memoria. 

    “A nuestros hijos, a leer y escribir les enseñamos nosotros” –dirá mañana Omar, mientras andemos a caballo-. “Yo soy el director, el maestro: todo. Yo me ocupo de que aprendan lo importante. Ellos saben que lo importante es trabajar”. 

    Y trabajan. Y sus cuerpos –carnes fuertes, decididas, enfundadas en ambos de algodón blanco- trabajan. Y eso, parece, es lo más que puede hacerse en San Alonso. Ahora –ocho de la noche- Mercedes, una de las hijas mayores, aprovecha las dos horas de luz eléctrica y sirve una cena. Disfruto mi plato –pastas caseras- acompañada por el bullicio de los pájaros nocturnos. Luego la familia Rojas se retira y me quedo en el caserón y lo único que permanece vivo, llegada la noche, es la noche. 

Gritos. Miles de aves chillan, aletean y se sofocan como si fueran chicas antes del baile. Hay gorjeos agudos, graves, largos, secos; hay un batir de alas y de hojas; hay un trajín, un viento, un canto feroz: esta es la hora pico de las aves. Se cree que en la zona hay unas 350 especies distintas y amanezco con cada una de ellas en mi oído.

Son las nueve de la mañana. Me levanto de excelente humor –milagros de la isla- y tomo un desayuno –artesanal, abundante- de cara al parque que rodea la estancia. Me distraigo viendo cómo va, de un lado a otro, sin destino preciso, una de las niñas de Omar y Antonia. Se llama Graciela, lleva ropas fucsias y, vista desde la distancia, parece un pétalo suelto y empujado por algún viento errático. Graciela se aburre entre las hortensias. O entre cualquier otra flor.

    Es un lindo día para caminar. El sol es suave para ser verano. Omar –bombacha azul, sombrero de ala negro, pies descalzos- saluda, me da las indicaciones para recorrer el sendero de un bosque –uno pequeño, de árboles autóctonos, que queda a quinientos metros del casco de estancia- y luego me ofrece un handy.

—Por si usted se pierde –dice. 

Soy orgullosa y rechazo todo artefacto.

    “Si en dos horas no vuelvo, me buscan”– digo y parto. Ahora me siento Indiana Jones, o la novia de Indiana Jones, o cualquier cosa distinta de lo que soy: una chica de ciudad con imaginación frondosa y zapatillas All Stars. Camino lentamente hacia el bosque. Cruzo, para ello, toda la pista de aterrizaje de Douglas Tompkins: una inmensa explanada de pasto sano y perfecto, y el principal motivo por el que los caseros viven en la isla. Mantener cortado el césped de la pista y del parque que rodea la estancia –y mantener el casco en condiciones de integridad y limpieza- es el principal trabajo de la familia Rojas. Y se lo toman en serio.

    Por afuera del perímetro cortado a mano, el resto del campo es un inmenso mar de flecos ambarinos. Esos son los famosos pastizales de Tompkins y ahí adentro se almacena todo lo que este hombre añora: infinidad de carpinchos (que se alimentan de esos pastos), aves, ciervos, y una larga lista de insectos que es mejor no conocer a fondo. Hacia el final del camino está el bosque: un camafeo de árboles oscuros que encierra el secreto de un mundo paralelo. Adentro vuelan aves de alas grandes y hay sombras, monos, chicharras, en fin: falta el humo negro para que esto se transforme en Lost. Avanzo por un sendero angosto y el pelo se me enreda en las plantas. El bosque es un cuerpo en movimiento. Hago esfuerzos por no pisar nada que esté claramente vivo. A partir de ahora, soy ecologista ya no por convicción sino por superstición: cada pisada puede desencadenar la furia y la venganza del pequeño mundo que me aloja y que ahora me escupe: he salido. Es un mundo bravo, pero bastante breve. 

    Dos horas después estoy en la estancia. Allí espera Antonia con el almuerzo listo (carne y verduras asadas), y allí están las niñas merodeando sin rumbo. Luego de comer, los Rojas se van a su siesta y me quedo en la galería, sola, leyendo un libro mientras sobre mi cabeza van y vienen dos picaflores. Las criaturas flotan como adornos. Las miro. Supongo que me duermo mirando los pájaros, pues en algún momento siento un susurro: es Antonia. 

—Despierte –dice.

    Habíamos acordado con Omar en ir cabalgar cuando bajara el sol, así que me levanto y voy a cambiarme. Al regresar encuentro a la pareja agazapada, en silencio, mirando la portada de mi libro: Biografía del Hambre, de Amélie Nothomb.

—Qué es eso –dice uno.

    Les explico la idea de biografía. Les cuento que Nothomb sufrió anorexia por dos años. Les explico la idea de anorexia. Ellos responden un “ah” largo.

—Ahhh.

    Y sé, sin gran esfuerzo, que en este mundo son otras las palabras que importan.

Omar y Antonia se conocieron hace veintiocho años en un paraje llamado Ñu Pij, que ahora puede verse desde la distancia pues ahí se yergue un bosque de eucaliptos. Se casaron un 17 de diciembre y el 1 de marzo ya estaban trabajando en San Alonso. En un comienzo, el dueño del lugar era empresario ganadero y el trabajo era duro porque la vida, en general, era dura. Omar lidiaba con las vacas, y una vez cada tres meses iba junto a su familia a buscar alimento a la ciudad de Concepción, cercana a la isla. Eran travesías de catorce horas que la pareja hacía con sus hijos en andas -cuando eran muy pequeños- o en caballos propios, cuando ya tenían seis años.

    Para ellos, el curso de agua con florecillas blancas, los carpinchos remojando sus carnes gordas en los barrales, los camalotes, las gaviotas, los ciervos, los biguaes, los chajás, las monjitas franciscanas: para ellos nada de esto se asociaba a la palabra “paisaje”. Para los Rojas, el agua era y es lo que siempre fue en términos geopolíticos: frontera. El agua era el cuerpo que marcaba el límite entre los Rojas y el mundo.

—¿Hacen algo? ¿Ven películas?

—Pocas. Algunas que sean muy aptas para todos. Vemos Cantinflas por ejemplo, ése es gracioso.

    Omar habla de Cantinflas mientras vamos a caballo entre los pastizales. Hoy, el mayor entretenimiento de la familia Rojas es, probablemente, el turismo: una ocupación que desempeñan con dedicación plena, y que nació hace trece años, con la llegada de Tomkins a la isla. 

    “Desde que lo conocimos, enseguida entendimos el mensaje de Tompkins. Es muy inteligente. Muuuy prolijo. Hay que hacer dos veces las cosas bien para que él las vea bien” –dice Omar mientras los cascos de Carcoma y Huérfano (así se llaman nuestros caballos: para lirismo, el del paisaje) chapotean en el agua. La experiencia de los caballos y el agua es una de las opciones de excursión más impactantes de la reserva. Consiste en hacer, entre Rincón del Socorro –la exclusiva hostería de Carlos Pellegrini- y San Alonso el mismo cruce que hacían los baquianos cuando no existían las lanchas a motor. La travesía dura ocho horas y suele ser vendida con su mejor perfil: en los videos de promoción siempre se muestra el momento culminante, que es el del nado con caballos. 

    El problema es que, luego de nadar, hay que seguir en andas cinco horas más.
    “La gente llega arruinada y al día siguiente no puede moverse” –dice Omar-. “Yo propuse ir a buscarlos en tractor a la salida del agua pero Tompkins no quiere”.

—¿Por qué?

—Porque el tractor hace huella. 

    Es la última mañana en la isla. Amanece igual que los días anteriores –un escándalo de aves-, desayuno igual que los días anteriores –delicias caseras- y me despido de la familia. Antes, cuando el cruce no se hacía con caballos se hacía con botadores, esto es: con botes impulsados por tacuaras, unas cañas largas que se clavaban en el fondo del humedal y con las que se impulsaba la embarcación a lo largo del estero. Hoy, los botadores se usan para paseos turísticos –son muy lentos- así que volveré de la misma forma en la que vine: en lancha hasta San Nicolás, luego en camioneta hasta Corrientes, y luego en avión hasta Buenos Aires. 

    Por ahora estamos en el primer tramo: hay que ir de la hostería a la costa, y eso se hace sobre un tractor, con la nuca húmeda de Omar operando como centro de un paisaje llano que desborda el horizonte. 

    Todo lo que aquí se ve, alguna vez fue visto por primera vez por Tompkins desde el cielo. Cuando le sugirieron desembarcar en Corrientes, hizo un primer vuelo en avioneta y pronunció esta frase: “Es la Sudáfrica de Sudamérica”. Luego empezó a comprar tierras y conoció, en pleno raid inmobiliario, a la familia Rojas: seis personas detenidas en los tiempos de Cantinflas, y habituadas a hacer lo que hace Omar en este instante: disolverse en gotas de sudor, e ir y volver por la eternidad de los Esteros.

—Este es Puerto Argentino –dice finalmente Omar, mirando la costa donde se amarra la lancha. 

Le pregunto por qué habla de Puerto Argentino (la población más grande de las Islas Malvinas) y responde que -cuando recibía las noticias de la guerra- él notaba que Puerto Argentino era un lugar húmedo y desolado, es decir: un lugar como éste, rodeado de aguas mansas pero lo suficientemente espesas como para operar como frontera entre la isla y el mundo.

    Puerto Argentino es, para Omar, la única noción de extranjería. La confirmación de que, en San Alonso, el mundo queda más lejos que en cualquier otra parte. 
    Acá no llegan las noticias –dice mientras quita los amarres-. De repente hay un lío bárbaro y nosotros nos enteramos tarde. Cuando se murió Kirchner, por ejemplo, eso lo supimos una semana después.

—¿Y les afectó?

—Para nada –se encoje de hombros-. Una sorpresa nomás.

    Omar sube a la lancha y arranca. A los costados, las plantas de los Esteros se mecen rítmicamente sobre las ondas del agua como si quisieran despedirse de algo, o mejor dicho: como si no quisieran hacer nada en especial.

Douglas Tompkins murió en 2015, poco después de la publicación de esta crónica.

Josefina Licitra

Josefina Licitra (La Plata, 1975) es una periodista y escritora argentina, considerada referente de la crónica periodística en Argentina.1​ Ha escrito en los diarios Clarín, La Nación,2​ Perfil y Crítica, y en diversas revistas argentinas —Rolling Stone, Veintitrés, Noticias, Newsweek, Brando y La Mujer de Mi Vida, entre otras— y extranjeras, como las españolas Orsai, Marie Claire e Interviú, las colombianas Gatopardo y El Malpensante, la peruana Etiqueta Negra y la francesa Feuilleton. Ha publicado tres libros de no ficción y fue galardonada con el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo que otorga la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.3

 

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